lunes, 31 de mayo de 2010

Extenuado

Con una selectividad a la vuelta de la esquina para la que presento una desgana tenazmente descomunal, un montón de cosas que poner al día, una resaca muy muy duradera y un estrés de lo más punzante que afecta incluso a mi capacidad redactora, me encuentro ahora delante de la pantalla del ordenador escribiendo estas líneas, bajo el influjo de mi consciencia recomiéndome por dentro cuál alimaña mientras me pide a gritos que deje esa vida tan perra que lleva acuciándome ininterrumpidamente desde el día que terminamos los exámenes que me acreditaban como futuro universitario, si Dios quiere.





Pero lo cierto es que hay algo ahora mismo que me viene coaccionando por dentro, que me impide volver al estudio y que me está haciendo impasiblemente pecar de perezoso. Algo en mi interior que hace volar mi mente cuando me pongo frente a mis apuntes del curso, que me hace desconectar al tiempo que trato de rememorar la obra de variopintos autores literarios o cualquier coyuntura histórica. Supongo que mi cerebro estará ya hasta los mismísimos de tanto esfuerzo y tantas falsas vacaciones, de tantas y tan austeras montañas, de tantas generaciones y generaciones de literatos, de tantos cacicados conflictos nacionales, de tantos tediosos triglifos y metopas o de tantas e inservibles declinaciones, y que no querrá volver a recopilar de nuevo todo lo cursado en los últimos meses. Y si a ello añadimos la falta de predisposición anímica y la nerviosa incertidumbre ante la prueba, pues para qué queremos más.





Todo ello aderezado por el factor tiempo, agente implacable, y que avanza y avanza cada vez más ligero mientras que va agotando mi oxígeno, como tantas otras veces ha hecho...

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